Juanjo Díaz de Argandoña

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Domingo: día por excelencia para no hacer nada.
Son las 7 de la mañana y suena el despertador.
Ayer te fuiste a dormir pronto porque querías dormir tus 8 horitas de rigor, pero haberte despertado tarde el día anterior no ayuda.
Vueltas y más vueltas hasta que al final el sueño gana la partida.
Suena el despertador y te preguntas: ¿Realmente quiero hacerlo?
No, no quiero. Pero este es el plan y vamos adelante con ello.
Desayuno, mochila, ropa de montaña… El sueño se va y ya no parece tan mala idea afrontar los 1000 metros verticales de subida a La Maliciosa.
Media hora de metro y una hora de autobús acercan la sierra a Madrid, y a las 9.00 ya estás en marcha. Frío, mucho frío.
Un paso, otro. El calor del movimiento va teniendo su efecto y aunque estés a -2 grados realmente te sientes a gusto.
Los primeros metros son siempre agradables, tienes la sensación de que la montaña es tuya.
Hoy vas a batir todos los récords: fíjate, ¡si ya has subido 20 metros y no te has cansado!
20 metros…
300, 400, 500 metros. Pasan los minutos y ya va costando mover las piernas…
100 más y paras, que te va a dar algo y tampoco es eso.
Entonces, mientras conviertes esos 100 metros en 300 “y así ya paro cuando este más arriba” es cuando empiezan las preguntas.
Miras a tú alrededor y el prometido día soleado es frío y viento.
¿Qué haces aquí?, ¡Con lo bien que estabas en la cama esta mañana!
Lo peor es que es invierno. Te abrigas como crees que debes y después de un par de horas de viento helado y ropa mojada te está empezando a entrar frío de verdad.
Y en cambio, siempre vuelves.
Has visto a gente caer y has pasado frío hasta dolerte las manos.
De hecho, tú también te has caído, te has hecho daño y has sufrido el tiempo de la alta montaña.
Ah, y has hecho cimas, muchas cimas… ¡no nos vayamos a olvidar!
Ah, y otra cosa que conviene no olvidar: lo primero es volver y después llegar a la cima. Que luego pasa lo que pasa.
Un viaje, un objetivo, una montaña conquistada (o no).
Y así transcurre la vida.
Mentiría si dijera que hacerse 700 metros de desnivel vertical en una hora, como hoy, es algo placentero.
Placer es tomar una cerveza en el sofá de casa, calentito, sin prisas, sin pensar que tienes que moverte o te congelas.
No es placer como tal lo que busco al ir a la montaña.
En la montaña se sufre: te esfuerzas al máximo, pasas frío. Que te voy a contar.
Y eso, que siempre vuelvo.
Lo que pasa es que hay algo mágico en el mundo ahí arriba, algo que engancha de verdad.
Algo que hay que subir para verlo.
Pero, además, tiene una cosa que lo hace aún mejor: es efímero.
Las alturas de más de 3.000 metros no están hechas para la vida. Allí no hay plantas, ni sofás. Quizá algún pajarito (pajarito que te hace sentir cantidades inmensas de envidia).
No mucho más que roca y hielo.
Naturaleza en estado puro.
Cuando llegas sabes que no puedes estar disfrutándolo todo el día, sin prisa.
Hay que moverse.
Llegas, saboreas minutos de gloria en esa montaña que has conseguido hacer tuya y vuelves para abajo.
Y han sido horas de esfuerzo donde la cabeza manda sobre el cuerpo y donde aunque no puedas más sigues y te dices que no vas a parar hasta conseguirlo. Un paso, otro. Lo que haga falta.
Y todo por esos 5 minutos.
Al final, cada uno busca su propia historia. Busca eso que llena la vida de momentos que vale la pena vivir y que algún día se recordaran con una sonrisa.
Para mí, la historia se escribe en esas cimas.
email:     juanjodda@gmail.com
twitter:   @juanjodda
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